Archivo mensual: octubre 2010

Mixtapes, o cintas de varios

Mix tapes mark the moment of consumer culture in which listeners attained control over what they heard, in what order and at what cost“.

Matias Viegener, incluido en Mix Tape: The Art of Cassette Culture

Parece que hay un fantasma que recorre el mundo moderno. Y no es precisamente el comunismo, sino el fantasma… de las cintas de cassette. Y más concretamente, de las muy míticas cintas de varios (mixtapes en inglés). Esta entrada la empecé a pensar hace ya mes y pico, pero entre higos y brevas (¡visite nuestro bar!) lo he dejado en suspenso, dejando el blog en medio barbecho, copiando-pegando artículos y posts, y con un par de entradas para la sección Top 5.

Chicos, chicas, las cassettes están de moda, muy de moda. Y hay lámparas también.

¿Y cómo es esto de las mixtapes, preguntarán los más jovenzuelos? Pues, queridos míos, antes de las listas de reproducción del Spotify, de los MP3, e incluso antes de los CDs de varios, vemos las cintas de varios, una gran pieza de cultura contemporánea (que sí, de verdad, que hay hasta artículo ad hoc en la Wikipedia, y hasta se hacen cosas con ellas, como iri5 y su Ghost in the Machine). En mi caso, aparte de haber hablado sobre el tema con gente, en diciembre, a partir de sacarme el carnet de conducir, he tenido la necesidad de encontrar cintas (o hacerlas) para usarlas en el coche (¡Oh, cosas del destino! Dani Cabezas, el del blog Entrada Gratuita de 20minutos.es se encuentra ahora mismo en la situación, y ha hecho un concurso de cintas, que no tengo más remedio que promocionar, porque es una idea cojonuda). Y de hecho, en agosto hice mi segunda cinta de varios en menos de un año. Aunque tengo que decir que el resultado fue decepcionante, porque a pesar de ser una magnífica selección, el sonido no acompañaba, y la cinta se quedaba muda más de la mitad del tiempo. Así que al final he optado por comprarme la cinta con cable para poder conectar el iPoZ, e ir feliz y contento con el coche por las calles de Madrid y las carreteras de Castilla. Además, he descubierto otra cinta (que no sabía donde se había metido) con grandes éxitos de ayer y hoy, con Extremoduro, Reincidentes, Platero y tú, The Doors, Bob Marley, The Beatles… Aún no había leído a los ortodoxos de la materia. Pero molan esos viajes al pasado que dan esas pequeñas cosas de plástico duro, esos ‘joder, cómo podía escuchar con tanta pasión a XXXXX (ponga aquí el nombre de un grupo que ahora no escuche ni jarto’ vinos).

Gran anuncio de Kiss FM

Para estos que aún no captan lo bonito que era hacer una cinta de varios, varios puntos:

-          no había música por Internet. Disponías de la música que tuvieses. En CD… y en otras cintas. En muchos casos cintas que tenían algo debajo y que habías grabado algo por encima, y cintas con grabaciones de grabaciones. O con temazos de la radio. Sonido sin parangón. Y no tenías tantísima música. El problema que encontré haciendo un varios para mi hermano (hago de cuando en cuando para su coche)… es el exceso. El MP3 es excesivo. Según mi aTunes, en mi ordenador tengo (agregado al programa, claro), 4766 canciones. 12 días, 13 horas, 12 minutos y 53 segundos de música (si las cifras 12:13:12:53 que aparecen en la parte de abajo significan eso) a la hora de escribir esto, a 24 de octubre), y en el disco duro externo hay bastante más. ¿80-90 minutos teniendo 10 días? Uf, es difícil elegir, por puro exceso. Antes, había casos que por defecto. Y le daba un puntito… de dificultad al asunto.

-          Se necesita tiempo. Al menos una tarde. Porque no sólo es grabar (que 90 minutos ocupaba por cojones), sino porque hay que elegir las canciones, ponerlas en un orden, y además…

-          El Gran Reto: que la selección fuese lo más cercano a 45+45 minutos. ¿Qué se hacía si sobraba espacio? ¿O faltaba? Pues nada, o dejabas una canción a medias, o un minuto en blanco…

-          Además, el momento arte. Y eso lo pongo en palabras de Hernán Casciari en Orsai: “escribo el nombre de las canciones con buena letra azul de imprenta”. Y Dani Cabezas, de nuevo: “como si todavía siguiese invirtiendo un largo rato en decorarlas con rotuladores de colores”. Había que escribir los grupos y los nombres de las canciones bien, con buena letra, que se entendiese.

Luego está lo común a los CDs de varios: pensar. Pensar en para qué quieres ese varios. Pensar en qué le puede gustar a la persona a la que le haces el varios. Joder, este tipo de cosas no se pueden hacer por las buenas. Y cito a Nick Hornby:

“To me, making a tape is like writing a letter — there’s a lot of erasing and rethinking and starting again. A good compilation tape, like breaking up, is hard to do. You’ve got to kick off with a corker, to hold the attention (I started with “Got to Get You Off My Mind”, but then realized that she might not get any further than track one, side one if I delivered what she wanted straightaway, so I buried it in the middle of side two), and then you’ve got to up it a notch, or cool it a notch, and you can’t have white music and black music together, unless the white music sounds like black music, and you can’t have two tracks by the same artist side by side, unless you’ve done the whole thing in pairs and… oh, there are loads of rules” (Nick Hornby, High Fidelity)

Porque una cinta no es una mera suma de canciones. Es un espíritu. Es un poco lo que decía Georg Lúkacs sobre la conciencia del proletariado: “Esa conciencia [de clase] no es, pues, ni la suma, ni la media de lo que los individuos singulares que componen la clase piensan, sienten, etc.” (Historia y conciencia de clase). Frikada pedante aparte, creo que ilustra bien lo que quiero decir. En fútbol, los titulares de un equipo no son la conciencia del equipo. El equipo es algo por encima. Que parte de todos, y es parte de la suma de todos. Lo mismo: una mixtape, cuando está bien hecha, tiene un espíritu, y este espíritu combina el autor, para quién o qué está hecho, las canciones, etc. Y, además:

“The process of making a mix tape gave people a connection with music that the electronic version simply can’t replace. Because it is so easy to drag and click a mix into existence, the sense of satisfaction with making what many feel is a work of art gets diminished.” (Joel Keller, ‘PCs killed the mix-tape star’)

Ahora, se pone el iPoZ/MP3 en aleatorio… y el algoritmo famoso hace el trabajo. Ahora si quieres una canción la consigues, sin más. Ahora listas en Spotify si quieres hacer un varios a alguien. Ahora para que los colegas te pasen música basta con colgar canciones en el muro en Facebook (y yo el primero).

“Yes, making a mix tape required a level of commitment that just isn’t necessary in our precise-copy, drag and drop, click and burn world.” (Max Mobley, ‘Requiem for the Mixtape’).

Sonaban mal. Se atascaban. Se perdían. Se tardaba en hacerlas.

Pero de cuando en cuando se echan de menos.

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Justo hoy que escribo esto, la compañía Sony ha decidido dejar de fabricar el famoso walkman. Día triste. (El País, The Guardian)

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TOP 5: Cinco tranquilitas

En una nueva entrada de Top 5, cinco canciones tranquilitas que me están gustando especialmente estas últimas semanas:

5.- Elvis Perkins, ‘While you were sleeping’. Sí, el hijo de Anthony.

4.- Beirut, ‘Postcards from Italy’. También hay versión de Florence & The Machine.

3.- Joe Purdy, ‘Wash Away’. Que aparece en el tercer episodio de Lost.

2.- Anni B. Sweet, ‘Take on me’. Tras la ‘literal version‘ del temazo de A-Ha, versión de la malagueña Anni B. Sweet.

1.- Manel, ‘Gent Normal’. Versionaca de ‘Common People‘ de PULP, y que conocí… la semana pasada. Pero llevo toda la semana escuchando la canción sin poder parar. Y fue utilizada para la campaña del FC Barcelona para esta temporada.

¡Que tengáis buen fin de semana!

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Absolute Madness (by Johnny Lake @ The Sabotage Times)

Y sigo copia que te copia. Esta vez, Absolute Madness, aparecido en The Sabotage Times.

 

Hey you, don’t watch that, watch this. This is a handful of the very best Madness songs. An appreciation of the pop greats who never took themselves seriously yet churned out hits for fun.

Narh, narh, narh. Narh, narh, narh, narh, narh, narh. They were great weren’t they? Madness I mean. They were though weren’t they? Its 12.55 a.m. Monday morning, I’m up for work in five hours, I sat here in the living room watching old Madness videos on Youtube. Why?

Sunday morning I had a big brunch date with my three favourite girls. My daughters. We were stood outside Raymonds in Montclair with all the other would be diners, MSU hipsters, Manhattan office working commuters, families and pensioners, waiting for our table – twenty minutes sir, these girls all yours? They’re adorable – watching the world go by. The girls, smiled at babies, played tag and commented on a passing greyhound,’ I hope it’s a dog that’s been rescued,’ my eldest enquired in a concerned tone.

It was one of those perfect early Autumn mornings, glorious sunshine but a little nip in the air. Great weather for a thick shirt or maybe a jumper. I saw one chap in a North Face fleece but he was just being daft. The twins were getting a bit restless, bored even. Twenty minutes seems like an age when you’re eight, I’ve no doubt. Especially when you’re waiting to eat pancakes. Out of the blue, The Dude (one of my kid’s nicknames) started up, ‘Hey you, don’t watch that watch this. This is the heavy, heavy monster sound…’ Everyone within earshot grinned or laughed out loud.

Madness can do that though can’t they? Even after 31 years, ‘One Step Beyond’ can cheer you up. It can, believe me. They had great tunes didn’t they? And the lyrics – admittedly the afore mentioned ‘One Step Beyond’ and ‘The Return Of The Los Palmas Seven’ were a bit what you might call sparse in that department – were amazing. Little insights into another, yet strangely familiar, world. If Ray Davies had written ‘Our House’ or ‘Embarrassment’… How could you take Suggs seriously when he didn’t appear to take himself seriously? But never mind all that. It was the videos wasn’t it? It was. I can’t think of another band that embraced the medium so fully. They were brilliant. They are brilliant. They draw you in. They make you smile. And they get you tapping your toe.

You doubt me? Ladies and gentlemen, boys and girls, children of all ages, might I present, in no particular order, for your musical and visual entertainment, seven five* of the greatest videos you will ever see.

House Of Fun


Our House

It Must Be Love

Baggy Trousers *

One Step Beyond

 

* Seven in the original entry.

** I’ve put ‘Baggy Trousers’ instead of… ‘Uncle Sam’, ‘Shut Up’ or ‘Tomorrow’s Just Another Day’

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Why do people hate hipsters?

WHY DO PEOPLE HATE HIPSTERS?, by Alex Rainer

Hipster-hate blogs are multiplying online. But who are these much-maligned trendies – and why do people find them so irritating? Perhaps we should learn to love our skinny-jeaned friends instead

There was a party going on in London E5; a house party in one of the Victorian terraces that line the streets in this modest area of east London. There had been parties on the street before, only on this particular Friday evening two months ago, guests wore Ray-Bans, deep-cut v-neck T-shirts and skinny jeans. They were also, according to one partisan report, in possession of “a sound system louder than the big bang”. Quite an event, yet not everyone in the street appreciated the loud music and louder fashions.

“I only put ‘hate’ in the title of the blog,” explains annoyed neighbour and anonymous author of Hackney Hipster Hate photo-blog, “because, on the night I wrote it, I was watching floods of hipsters arrive in the early hours at a terrace house and having an Ibiza-style party. It drove me insane.”

The partying, which lasted until 4am on Saturday morning was, in the blogger’s opinion, symptomatic “of new arrivals not really getting the measure of where they were living, having no idea about the community there and deciding to have a festival in a back garden at dawn, while people were trying to sleep, because Hackney’s supposedly the centre of cool for the next five minutes.”

De 'Look at this Fucking Hipster' photo blog

 

Though it began in a moment of sleep-deprived abhorrence, Hackney Hipster Hate now posts images of fashionable east Londoners accompanied by a scornful commentary. The site has become one of an increasing number dedicated to vilifying fashionable twits who appear to care more about the next big thing than the welfare of their fellow man. Got slimline jeans, tattoos, a headband and a fixed-wheel bike? Then perhaps turn away now.

American comedian Joe Mande began his photo-blog, Look At This Fucking Hipster in April 2009. The site also captions shots of the young and pretentious with lines such as: “Hold on, let me check to see if Topshop sells any iPhone purses.” A paperback collection of the best posts was published in March 2010.

In July 2009 US writers and editors Brenna Ehrlich and Andrea Bartz began Stuff Hipsters Hate. They’ve also published a paperback collection of posts.

The Unhappy Hipsters photo-blog was inaugurated in January 2010. It satirises the smug, modernist home-owners often seen in the pages of US interiors magazine Dwell.

Hipster Hitler web comic was launched in August 2010. It re-imagines the führer as a cardigan-wearing know-it-all, fond of bicycles, organic cashews and typewriters. Fans can buy American Apparel T-shirts bearing such slogans as “Eva 4 Eva” and “Death Camp For Cutie”.

Early this September, TheGrandSpectacular posted its debut pop video, Being a Dickhead’s Cool, on YouTube. While lacking that crucial H word, the song brutally teases London’s poseurs and the video animates shots taken from Hackney Hipster Hate and latfh.com, among other sources. Since its upload on 8 September, the original clip has had around 3,275,000 views.

In autumn/winter 2010, if there’s one thing more fashionable than being a hipster, it’s laughing at hipsters.

Of course, ridiculing young poseurs isn’t an especially new thing to do. The Guardian’s Charlie Brooker created the character of Nathan Barley, a vacuous media playboy, back in 1999, around the same time the east London fanzine The Shoreditch Twat began published its first edition. Plenty of the jokes in 80s sitcom The Young Ones, or even the 70s comedy Butterflies were at the expense of similarly youthful pretentions.Though these newer, online baiters pick similar targets, it isn’t clear that the term hipster, in its modern usage, is sharply defined enough for truly cutting satire. While all these sites appear to know what they’re talking about, none of them offers a working definition of a hipster.

The OED isn’t much help; it traces the word back to the 1940s and offers “hepcat” as its rough equivalent. Norman Mailer’s 1957 essay The White Negro was subtitled Superficial Reflections on the Hipster and describes an American existentialist who adopts the jazzier trappings of African-American life to free himself (and it usually is a he) from “the squares”. Yet “hipsters” was also used during the 1960s to describe trousers that flared from the hip. Perhaps it shouldn’t come as a surprise to find that in August the New York Times has advised its journalists against using the word, citing doubts over “how precise a meaning it conveys”; meanwhile, a public debate held at the University of California, Los Angeles, recently failed to offer a useful description of this latter-day bogeyman.

Nevertheless, from London to Lima, Sydney to Mexico City, detractors might not know exactly what a hipster is, but they do know what they don’t like: a tiresome sort of trendy, ostentatious in their perceived rebellion, yet strangely conformist; meticulous in their tastes, yet also strangely limited. Squatting somewhere between MGMT, The Inbetweeners and Derek Zoolander, this modern incarnation is all mouth and skinny trousers.

Perhaps the most comprehensive examination of this contemporary manifestation is being published in a traditional print format this week. What Was the Hipster? is a 200-page collection of American essays and discussions, which assesses the significance of these turn-of-the-century poseurs.

From 'Hackney Hipster Hate'

Put together by n+1, a twice-yearly Brooklyn journal of politics, literature and culture, the book offers three definitions of the type in question. The first is white, urban, cool dudes in Manhattan’s Lower East Side circa 1999. This summation begins with a string of keywords: “trucker hats; undershirts called ‘wifebeaters’ worn as outerwear; the aesthetic of basement rec-room pornography, flash-lit Polaroids, fake wood panelling; Pabst Blue Ribbon; ‘porno’ or ‘paedophile’ moustaches; aviator glasses; Americana T-shirts for church socials, etc; tube socks; the late albums of Johnny Cash produced by Rick Rubin; and tattoos.”

The second definition highlights followers of a certain hipster culture, which revels in a childlike naivety; the films of Wes Anderson, the early books of Dave Eggers, and the twee indie pop of Belle and Sebastian are all mentioned.

The third is the “hip consumer”: the smart shopper who understands that some consumer purchases, such as the right vintage T-shirt, might even be regarded as a form of art. They even split the term, drawing a distinction between the trucker-cap-wearing New Yorkers of 1999-2003, and a more recent type of cool kid, keen on such low-tech status symbols as typewriters, fixed-wheel bikes, and the kind of outdated instrumentation used on records by Arcade Fire, Animal Collective and Grizzly Bear.

Mark Greif, a New York English professor and one of the book’s chief editors traces this hipster’s recent history back to the post-punk DIY movement of the 80s.

“Back then there was this insistence on something like an alternative to capitalism,” says Greif, “an opposition to major labels and pop; you could make your album on a small unknown label and it would only be sold for cheap. Youth culture had this quite hopeful notion that it was possible to make your own art and distribute it, in order to evade this wider commercial sphere.” By the early 90s, these ideals had foundered; grunge bands signed to major labels and Kurt Cobain had killed himself.

“What is meaningful about the hipster moment, 1999 and after,” says Greif from his office in New York, “is that it seems to be an effort to live a life that retains the coolness in believing that you belong to a counter-culture, where the substance of the rebellion has become pro-commerce.”

Instead of “doing art” the cool kids were now, in Greif’s words “doing products”.

“In the 50s and 60s, there are five people at the centre working very hard, miserably trying to write a book and around them there are 95 people more or less having fun,” Greif explains. “In the hipster culture the people at that centre aren’t necessarily producing art, they’re actually working in advertising, marketing and product placement. These were once embarrassing jobs. Now it’s meaningful in this world to say that you sell sneakers, at a high level.”

The book settles on 1999 as New York’s hipster year zero. This was when American Apparel opened, the Canadian hipster magazine Vice moved to New York, and the sneaker boutique and branding agency Alife established itself on Manhattan’s Lower East Side.

“There was this crucial bar, Welcome to the Johnsons,” Greif recalls, “it opened in 1999. It was only the lower east side, but it was made to look as if you were sitting in a living room in Middle America.”

Early hipsters’ adoption of these and other suburban signifiers, such as trucker caps and BMX bikes, as they sauntered around urban areas is significant. The White Negro had fetishised blackness; these newer arrivals glorified lower-middle-class whites. This is partially why Greif and co, in a line that sounds very much like it may stray into Pseuds Corner, see these early hipsters as neoliberal.

“It seemed to revolve around the desire to reproduce as rebellion these things that had formerly been part of the mainstream market,” says Greif, citing the art-gallery porn by the likes of Richard Kern and the conspicuous consumption of meat while in the company of vegetarians as two examples. “There’s this idea that they are the agents of change, the true revolutionaries, where the revolutionary change is to . . . make exclusive the pleasures that had potentially belonged to anyone in the past, to celebrate the upwards redistribution of wealth.”

From 'Look at this fucking hipster' photo blog

Not all hipsters arrive in the big cities flush with cash, but they almost always possess some cultural capital, usually a university degree and refined upbringing. They can use this to prevent themselves from ending up on the bottom of the pile, even if their only means of upward mobility are snarky putdowns and a working knowledge of the Smiths.

“It becomes a defence mechanism, if you’re ‘declassed’ in a city, to stop yourself from winding up at the bottom,” Greif argues. “It’s about social positioning, how to mark yourself out as different or exclusive in a democratic society, where it’s quite easy to buy the consumer trappings of success.”

A more withering assessment of youth culture is hard to imagine. And yet, in a neat flourish in the n+1 book, US writer Rob Horing asks whether the hipster hatred doesn’t raise deeper questions in the detractors.

“The hipster,” Horing suggests, “is the bogeyman who keeps us from becoming too settled in our identity, keeps us moving forward into new fashions, keep us consuming more ‘creatively’ and discovering new things that haven’t become lame and hipster. We keep consuming more, and more cravenly, yet this always seems to us to be the hipster’s fault, not our own.”

Horing also raises an even less-palatable notion: ‘”If you are concerned enough about the phenomenon to analyse it and discuss it, you are already somewhere on the continuum of hipsterism and are in the process of trying to rid yourself of its ‘taint’.”

Is this view from the heights of Manhattan academia shared on the streets of Hackney? Not entirely.

What does our anonymous blogger think? “The argument of ‘you’re probably just a failing or self-hating hipster’? Heard that one before. I honestly count myself out of that argument on the basis I barely socialise. My skin is translucent from not leaving the house. When I take photos on [London hipster enclave] Broadway Market, I’m not noticed because they take one look at me and look away. My blandness is an insult to their eyes.”

Could Hackney’s hipster-baiter ever concede that east London’s trendies might, in the words of one n+1 contributor, remind us of “youth and daring and style, that we don’t have any more or perhaps never did?”

Apparently not. “There’s nothing daring about wearing Ray-Bans with colourful frames. Every single idiot is doing it.”

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Sobre versiones

Otra entrada copiada, que hasta podría entrar en la categoría QBEC Crea Tendencia. Hoy, un reportaje de El País en el que se intenta ver el porqué de la resurección masiva de discos de versiones, una de las grandes preocupaciones de este, vuestro blog, como se pudo ver allá por julio con esa entrada de ‘Tipologías de canciones‘, y de las cuales se ha hablado más adelante.

 

¿PARA QUÉ CREAR? VERSIONA (Por Íñigo López Palacios)

Músicos consagrados compiten con recopilaciones de éxitos ajenos – ¿Homenaje a los grandes o crisis de creatividad? – La industria agradece el camino fácil.

Es casi epidémico. En los últimos meses grupos de todos los estilos, muchos de ellos considerados clásicos, han publicado discos con canciones de otros. No hay datos concretos, pero se multiplican. Es una avalancha de veteranos revisionistas. Por citar unos cuantos: Peter Gabriel, Santana, Eric Clapton, Phil Collins, Marc Anthony, Liza Minnelli, Rod Stewart, Tom Jones, Cyndi Lauper, Brian Wilson, Herbie Hanckock o Robert Wyatt. “Cuando hablamos de discos de versiones rápidamente me vienen a la cabeza cuatro motivos por los que un artista se quiere enfrentar a tal reto: la vagancia, la falta de creatividad, la búsqueda del dinero rápido o el auténtico y sentido homenaje”, dice Leopoldo Alcaraz, jefe de producto musical de FNAC España.

Sea lo que sea, funciona. Una mirada rápida a la lista de los discos más vendidos en España esta semana permite ver que en el tercer puesto está Going back, el doble álbum de Phil Collins de versiones de soul de los sesenta. En el cinco, el de Eric Clapton. Santana, tocando trillados temas de guitarra, está también entre los 20 primeros.

“Phil Collins tuvo un éxito brutal hace muchos años con una versión de Supremes, supongo que algún espabilado le ha dicho que haga un disco entero así”, especula Javier Liñán, director de la discográfica independiente El Volcán, y la persona que ha coordinado Viaje satélite alrededor de Carlos Berlanga, un álbum en el que 22 artistas nacionales reinterpretan canciones del fallecido músico español. Un respetuoso tributo que ha entrado en el puesto 35 de la lista. “Los casos que mencionas suelen ser estrategias de mercadotecnia, no sinceros homenajes la mayoría de las veces. Es gente que no vende un disco de canciones originales hace mucho tiempo. Muchos de ellos ni siquiera son autores. Necesitan girar, y facturar. Por eso hacen este tipo de proyectos conceptuales basados en repertorios de demostrado éxito. Cada caso se merece un análisis aislado, pero en general siempre obedece a estrategias para revitalizar carreras apoyadas en repertorios de éxito demostrado”, dice.

Con la industria discográfica sufriendo una larga agonía, los nuevos lanzamientos han pasado a un segundo plano de relevancia comercial. Eso permite por un lado que los artistas valientes corran más riesgos, pero también crea una especie de desgana que hace que los músicos con contratos que les obligan a entregar discos se los quiten de encima con lo primero que se les ocurre: un directo, el enésimo recopilatorio… o versiones. Pero tampoco es justo apuntar solo a los veteranos. The Baseballs, un trío alemán de rockabilly vocal formado en 2007 por tres veinteañeros lleva 400.000 copias colocadas en toda Europa de Strike back!, su disco de presentación. Su baza son las versiones al estilo del rock and roll de los cincuenta de éxitos recientes del pop como ‘Umbrella’, de Rihanna, o ‘Poker face’, de Lady Gaga. “No es una invención nuestra, ni es nueva. Así surgió el rock and roll. Tocamos las canciones que nos gustan en el estilo que nos gusta. Lo mismo que hacían Elvis o Jerry Lee Lewis. Cuando escuchas rock and roll, es tan importante lo que les pasa a tus oídos como lo que les ocurre a tus pies. Es escuchar música como si fueras niño. No piensas en el mensaje de las canciones. Simplemente sientes que te hacen feliz”, dice Basti (Sebastian Raetzel), miembro del grupo.

Al otro lado del Atlántico pasan cosas parecidas. La serie estadounidense de televisión Glee es un musical dirigido al público juvenil; un fenómeno que esta semana ha superado a los Beatles en el número de canciones en el top 100. A los de Liverpool les costó cinco años incluir 75 canciones en lista. El reparto de Glee lo ha logrado en 14 meses. Su discográfica, Sony, cuelga las canciones en Internet inmediatamente después de la emisión de cada capítulo. Y del último han entrado seis: cinco versiones de Britney Spears y una de Paramore , grupo que se hizo famoso por participar en la banda sonora de Crepúsculo.

Es algo parecido a lo que hizo Operación Triunfo en sus primeras ediciones cuando los discos de los triunfitos eran cada semana los discos más vendidos despertando airadas reacciones de músicos como Manolo Garcia. “No dudo que OT tenga permiso legal para utilizar mi canción, pero desde luego no cuenta con mi aprobación. Y me hubiera gustado que se me preguntara si quería formar parte de este -perdonen pero es lo que a mí me parece- circo. Una cosa es que la ley permita publicar discos con nuevas versiones sin mi autorización y otra muy diferente, creo yo, es que sin yo quererlo me vea incluido en un programa de televisión con cuya filosofía y valores no comulgo en absoluto”, escribía en 2002.

Porque legalmente hay una diferencia entre interpretar una canción ajena y hacer una obra derivada. “Si la cantas igual que la original, o con modificaciones menores en la instrumentación, simplemente hay que pagar los derechos correspondientes al autor o sus herederos legales. Pero si modificas el tema, es el caso de un cambio en la letra o una traducción, hay además que pedir permiso”, explica Paloma Llaneza, abogada especializada en derechos de autor y nuevas tecnologías. El problema a veces es saber cuándo se pasa esa frontera. “Si se reconoce por parte del intérprete se llega a un acuerdo. Si no, se entra en temas judiciales. Es básicamente un mecanismo de prueba”.

En un mundo desmemoriado, a veces de lo que se trata es de recuperar un tema olvidado pero reconocible. “Una canción de éxito, si no está muy trillada, la vuelves a grabar y es un éxito otra vez. Hay que saber pillar el pulso de los tiempos y de las tendencias y elegir la canción adecuada en el momento adecuado”, dice Liñán. De lo que se trata en ocasiones es de llevarla de un público a otro, como han hecho The Baseballs: “Hay gente que piensa que los temas son nuestros. Generalmente el público de otras generaciones, que no está al tanto de las listas de éxitos. Y, al revés, hay jóvenes que creen que se trata de temas de Elvis. Versión es un término muy amplio. A menudo la gente piensa que es solo cantar canciones que otros cantaron antes. Pero no es tan sencillo. No se trata de hacer karaoke, sino de arreglarla en una nueva manera. De deconstruir la original y reconstruirla. A veces funciona, otras veces la nueva versión no es tan diferente de la original. Pero si funciona, el efecto puede ser muy grande. Si hacer versiones fuera tan poco creativo ‘Hound dog’ sería aún un blues lento, ‘That’s all right mama’ no te haría bailar y ‘Whole lotta shakin’ goin’ on’ solo la conocería un puñado de personas”.

Pero cada caso es un mundo. “No tiene nada que ver Rod Stewart, que lleva no sé cuántos Songsbooks y que se ha convertido casi en un artista que solo hace temas de otros, con el de Tom Jones, que es un disco de música religiosa, muy ambicioso. ¿Todos están cogiendo el camino fácil? No. Hace 40 años que se hacen discos de covers y los ha habido de todos los colores”, explica Paul Reidy, jefe de producto de la discográfica Universal.

Es verdad. El mundo del jazz lleva décadas revisando los mismos estándares y nadie se atrevería a cuestionar la creatividad de Miles Davis ni cuando tocaba Time after time, de Cindy Lauper. Quizás uno de los problemas al analizar estos fenómenos es la idea de que si varias cosas similares coinciden en el mismo lugar, al mismo tiempo, se trata de un contagio y, según Reidy, esto no tiene por qué ser así. “Hay dos cosas diferentes. Por un lado yo creo que es casualidad que todos estos artistas hayan hecho estos álbumes. Lo que no creo que sea tan aleatorio es que todos se hayan publicado en el último trimestre del año. Muchos están destinados a ser producto navideño. No requiere tanto esfuerzo por parte del oyente. Cuando presentamos una versión a la radio son más receptivos. Es un pelín más fácil que un repertorio desconocido”.

Vista la dramática situación del mercado, que en España es aún peor (las ventas han caído en el primer semestre de 2010 casi un 13%, encadenando nueve años de descenso), cuando un músico conocido llega con un proyecto así la firma debe respirar. “Si aparece Metallica diciendo que va a hacer un disco orquestal de folk irlandés del siglo XVII te da un poco de yuyu. Pero, si te proponen un disco que se corresponde con sus influencias, que sabes que van a interpretar con dignidad y criterio, nadie se pone nervioso”, reconoce Reidy. O, como explica Liñán: “No es que se venda más que con temas originales, pero el hacer un disco con canciones nuevas y que funcione es muy difícil”.

Es un mundo complicado para jóvenes y veteranos por igual. En septiembre Music Week, la biblia de la industria musical británica, dedicaba su portada a la desaparición del rock y el indie de las listas de ventas del país. “El resurgimiento del pop y la urban music está enviando al rock a los libros de historia”, afirmaba. Si tenemos en cuenta que el tema de rock que más se ha vendido en Reino Unido en 2010 es ‘Don’t stop believin”, de Journey, editado originalmente en 1982, parece lógico que los músicos miren para atrás.

Si esta moda es circunstancial, una retirada a los cuarteles de invierno esperando a que el tiempo mejore, mal. Pero si se trata de una crisis de creatividad, de una rendición al constatar que ya no hay nada que hacer, la situación entonces roza lo dramático. El primer disco español de versiones que aparece en la lista de los más vendidos es Introversiones, de Celtas Cortos. Los vallisoletanos han decidido adaptar canciones que les han influido. “Surgió de forma furtiva. El próximo disco de canciones propias estaba lejos. En principio, era plasmar la gratitud a artistas que nos han dejado huella. Es cierto que cuando publicas un disco nuevo de partida ya cuentas con el fracaso, o con el no-éxito al menos. Desde luego es una manera de darte aire a ti mismo y de tomar un poco de perspectiva y tomar tiempo para lo que puedas hacer después”, dice Alberto García, violinista del grupo vallisoletano. “Te lo puedes tomar, si quieres, como una falta de ideas. Pero yo lo veo como probar de otro plato. Se le puede dar la razón o quitar al que lo diga dependiendo de lo que venga detrás”.

 

EXPERIENCIAS PRECOCINADAS, por Diego Manrique

Hubo una época en que lanzar un disco de versiones constituía todo un desafío estético. A principios de los setenta, el rock empezaba a ser consciente de su trayectoria -se habían publicado las primeras historias y enciclopedias- y hacía memoria. David Bowie evocaba en Pin ups (1973) el excitante Londres de los mods y la primera psicodelia. Coincidía con These foolish things, debut de Bryan Ferry como solista, que aplicaba sensibilidad del pop art a improbables temas de Dylan o los Stones. Unos meses más tarde, con Moondog matinee, The Band recuperaba su duro aprendizaje en locales de tercera división. Y Lennon iniciaba la grabación de su Rock ‘n’ roll.

Todos esos discos mostraban voluntad reivindicativa, a veces incluso contenían argumentos contrarios al purismo dominante. Ferry ampliaba las fronteras musicales y emocionales del pop al recuperar el tema que daba título al disco, un standard de 1936. Hasta The Band rompía su ortodoxia con la interpretación del cinematográfico El tercer hombre. Las motivaciones de fondo eran variadas pero, incluso entre los que necesitaban rellenar un hueco y salir del paso, latía la esperanza de que el viaje al pasado tuviera propiedades vigorizantes, que sirviera para recuperar la pasión primigenia.

Cierto que, en 1973, los cincuenta y los sesenta parecían un país remoto. Hoy, el pasado vive entre nosotros y nos muestra su perfil más favorecedor. El cine, la publicidad, las series recurren al inmenso poder de las canciones añejas. No se requieren máquinas del tiempo: las reediciones, las remasterizaciones, las ediciones conmemorativas nos traen las glorias pretéritas.

En el tiempo del reciclaje, todo es recuperable con un pellizco de ironía. La colección de versiones forma parte del abanico de opciones útiles para estirar una carrera, como el desenchufado, los duetos, las remezclas, el rick rubin, la inmersión en la world music, el disco con orquesta de cuerdas o metales…

Lo saben personajes como Clive Davis, el disquero del concepto vendedor, que rige los pasos de Rod Stewart o Carlos Santana. La fórmula: juntas un cancionero inoxidable con una cara reconocible y ya tienes una oferta irresistible para ese tipo de consumidor que ignora los placeres de las versiones originales o los dramas del proceso de creación; prefiere emociones premasticadas, uniformidad sonora, digestiones fáciles. Por el precio que paga por lo nuevo de Phil Collins, podría comprarse una caja llena de prodigios de Motown. Pero eso exigiría un esfuerzo. Exigiría cultura.

 

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